15 abr 2013

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Author: José Carlos B. R. | Filed under: Sin categoría

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18 abr 2013

Bienvenidos a Saco de Letras

Author: José Carlos B. R. | Filed under: Sin categoría

Los invito a leer La caja roja, Un ciclo sin fin y En las fauces de la locura.

 

Solo en sacodeletras.megustaescribir.com

 

 

 

11 abr 2013

La Caja Roja

Author: José Carlos B. R. | Filed under: Relatos

Hola a todos. No he dedicado mucho tiempo al blog últimamente pero les dejo un relato corto mientras preparo el siguiente capítulo de En las Fauces de la Locura.

No olviden darle su puntuación al final de la entrada. Gracias y saludos! :D

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La Caja Roja

 

Dos niñas se perdieron en el bosque. A decir verdad, más que perderse, huyeron de su casa. Estaban cansadas de las peleas de sus padres. Cansadas de que su padre borracho golpeara a su madre. Cansadas de que su madre metiera hombres a la casa mientras su padre se encontraba trabajando. Cansadas de ser ignoradas.

El bosque era un lugar divertido. Había muchos animales e insectos curiosos. Se bañaban en el río tanto como querían. Comían todas las frutas que querían. Dormían en agujeros entre las raíces de los grandes árboles. Jugaban hasta cansarse y de noche se tenían la una a la otra. No tenían miedo. Más miedo tenían estando en su casa.

Una tarde, un Jabalí dio a luz en el agujero donde dormían, y las niñas tuvieron que buscar otro lugar donde pasar la noche.

Caminaron adentrándose más en el bosque y, cuando ya estaba anocheciendo, encontraron una casa de madera. Entraron y revisaron todas las habitaciones. Estaba abandonada, sucia, llena de insectos.

El cielo ya estaba casi completamente oscuro, así que sin darle muchas vueltas al asunto, se acomodaron en la única habitación que tenía cama y durmieron tranquilas.

Al día siguiente pudieron revisar mejor la casa, a plena luz del día. En la sala, que se encontraba al entrar a la casa, no había absolutamente nada. Estaba vacía. En la cocina solo consiguieron un par de ollas. Las demás habitaciones estaban vacías también, pero en la suya no solo estaba la cama, también había un montón de ropa vieja y bastante desgastada. Un par de zapatos, también desgastados y una caja bajo la cama.

Al abrir la caja encontraron nada más y nada menos que velas y fósforos. Se miraron entusiasmadas. A pesar de que ninguna le temía a la oscuridad, no les vendría nada mal tener un poco de luz después de tanto tiempo.

Ese día lo pasaron dentro de la casa. Habían recolectado frutas y las guardaron en la habitación en donde durmieron. En un momento dado, una de las niñas tropezó con la caja y cayó bruscamente al suelo. Nada le había ocurrido pero había descubierto algo en el piso. Una de las tablas se había roto y dejaba a la vista algo rojo. Las niñas se miraron intrigadas y terminaron de hundir la tabla para luego retirarla.

Era otra caja. Roja. La abrieron y encontraron un muñeco de paja amarrado con una cinta, también roja. Asustadas y confundidas, metieron el muñeco dentro de la caja y lo llevaron fuera de la casa. Colocaron la caja sobre un montón de palos y le tiraron un fósforo.

La caja ardió hasta que solo quedaron cenizas.

Esa noche, hubo una fuerte tormenta. Truenos y relámpagos alumbraban la habitación a cada minuto. Las niñas decidieron prender velas. El cuarto estaba mucho más iluminado ahora y se sentían más cómodas. Pasaron los minutos y se quedaron dormidas.

Al rato un ventarrón abrió la ventana y el ruido las despertó. Las velas se apagaron y las niñas creyeron haber visto una sombra que rodeó la cama y desapareció bajo la misma.

De repente, la tormenta cesó. Todo quedo en completo silencio. Ni siquiera se escuchaba el sonar de los grillos. Solo había oscuridad. Una oscuridad espesa que lo llenaba todo. Tan espesa que parecía bloquear cualquier sonido. Las niñas se abrazaron, sentadas en la cama, intentaron gritar pero ningún sonido salía de sus bocas.

En ese momento sintieron un golpe debajo de la cama. Algo estaba golpeando el colchón, intentando tumbarlas al suelo. Y golpeaba cada vez con más fuerza. La habitación se iluminó. Había una vela en cada esquina y la cama estaba en el centro. No había rastro de la ventana y tampoco de la puerta.

Un punto rojo se dibujó en el centro de la pared donde solía estar la puerta. El punto empezó a moverse a la derecha. Se movió, llegó a la esquina del cuarto, cruzó a la pared contigua y se siguió moviendo hasta dibujar una línea que se extendía por las cuatro paredes y terminó en el lugar de origen. Estaban atrapadas.

La ventana y la puerta aparecieron y las velas se apagaron. Se sintió un temblor y una fuerte ráfaga de viento desprendió la puerta de su marco haciéndola estrellar contra una pared. La ventana también se hizo añicos y las niñas sintieron como la casa entera se desplomaba.

La habitación donde se encontraban se desprendió por completo de la casa y salió volando presa del viento. Pedazos de madera de las paredes, techo y piso empezaron a desprenderse hasta que solo quedó la línea. Esta empezó a cerrarse a su alrededor y unos largos y huesudos brazos negros salieron de debajo de la cama.

Las niñas se vieron atrapadas primero por la línea roja y luego por los brazos.

Una sonriente boca llena de colmillos ensangrentados y dos ojos grandes y amarillos aparecieron en el colchón. La boca sobresalió del colchón y luego se trago a ambas niñas al mismo tiempo.

Los brazos negros volvieron a desaparecer bajo la cama y ésta empezó a caer mientras la casa se reconstruía debajo de ella.

La cama cayó en la habitación y luego apareció el techo.

Todo quedó tal cual como estaba antes de que las niñas encontraran la casa. Incluso la caja roja, reapareció bajo las tablas que conformaban el piso.

22 mar 2013

En las Fauces de la Locura: Capítulo I

Author: José Carlos B. R. | Filed under: En las Fauces de la Locura

Como les prometí,  hoy viernes les dejo el primer capítulo de En las Fauces de la Locura.  Si es la primera vez que entras en este blog, debes saber que publiqué un Prologo hace dos semanas. Pueden leerlo más abajo o dándole clic a “En las Fauces de la Locura” en la sección Publicaciones.

Me disculpo por no haber subido el capítulo antes, espero que disfruten leyéndolo tanto como yo disfrute escribiéndolo. :D

No olviden darle su puntuación al final de la publicación. Bye!

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Capítulo I

 

 

Cuando me mude a Jiram nadie podía creerlo. Todos me decían que un hombre acostumbrado a la vida en las grandes ciudades jamás sobreviviría en un pueblo. Y mucho menos si se encontraba alejado de todo, en un valle montañoso. Las preguntas siempre eran las mismas; ¿Qué harás para ganarte la vida? ¿En dónde vivirás? ¿Cuánto tiempo te quedarás? Y, por supuesto, mis respuestas también eran siempre las mismas. Que alquilaría alguna habitación, que tenía suficiente dinero ahorrado y que solo me iría por 6 meses mientras trabajaba en mi próximo libro.

Pero nadie me tomaba en serio.

He publicado tres libros en cuatro años. Pero ninguno ha tenido mucho éxito. Sin embargo, agradezco el apoyo de mi editor y su afán por alentarme a seguir escribiendo. Según él, tengo mucho potencial, pero necesito alejarme de mí día a día y concentrarme más en mi trabajo. Alejarme de los malos comentarios de mis padres, quienes solo piensan en que ya tengo veintiocho años y no me he casado. Cosa que en verdad me preocupa porque no quiero pasar el resto de mi vida solo. Pero ninguna de mis relaciones dura más de un par de meses. Por otra parte, mis dos hermanos mayores ya están casados y les han dado a mis padres un nieto cada uno. Mi hermana menor también se casó y ya está esperando su primer hijo. Yo soy el único que está totalmente solo. El único que no tiene un trabajo fijo. El que pasa los días escribiendo con la esperanza de conquistar al público algún día. Sin éxito.

Con lo poco que han vendido mis libros es más que suficiente para mantenerme a mí mismo pero no podre mantener una familia si no consigo un ingreso estable. Mi editor vive discutiendo con sus superiores sobre mi “potencial” y se lo agradezco. Por eso hice este viaje, para conseguir la inspiración que necesito. Y que mejor lugar que un pueblo boscoso en las montañas, apartado del ruido de la ciudad.

Al llegar a aquí alquile una pequeña cabaña. Justo lo que necesitaba. Una sala de estar, cocina, una habitación y un baño. Nada más, nada menos.

Entre mis pertenencias más importantes probablemente se encuentren mi laptop y mi bicicleta. De resto, no hay mucho más que valga la pena mencionar.

Ya llevo una semana en Jiram y no he logrado escribir casi nada. Pero casi no salgo de la cabaña.

A veces pienso en salir a entrevistar a mis vecinos. Y basar mi libro en sus historias. Sería ficción, pero no podría ser más real.

El borrador inicial de la novela que le mandare a Josh a finales de año trata de dos aldeas que están en guerra y una joven de una de las aldeas se enamora de un joven de la otra aldea. Su amor es imposible. El castigo si los descubren es la muerte. Si, lo sé, es trillado. Pero, ¿Quién sabe? Podría terminar siendo una historia completamente diferente.

 

***

 

Al día siguiente decido hablar con la señora Olivia,  la dueña de la cabaña. Ésta me dice que bajando a la plaza central del pueblo puedo conseguir quien me lleve a dar una vuelta en jeep. Así que eso hago. Quiero explorar cada rincón del lugar. Pero estando en la plaza hay otra cosa que llama mi atención. Un grupo de niños y jóvenes estaban sentados en el suelo alrededor de dos señoras bastante mayores.

–Dicen que los pocos que lograron salir con vida estaban trastornados y de lo único que hablaban era de cosas sin sentido –dijo una de ellas.

–Y tuvieron que llevarlos a la ciudad para que los internaran. ¡Estaban locos! ¡Locos! –dijo la otra.

–No les creo nada –dijo uno de los niños.

–Pues si no me crees me conformo con que te mantengas alejado del bosque.

–¿Pero cuando empezó todo? –pegunta una chica de unos catorce años.

–Fue hace mucho. Yo estaba pequeña cuando empezó. Aun puedo escuchar los gritos de mi madre –dijo una de las señoras, la más anciana. Los niños se acercan más para escuchar mejor. Yo me siento en una banca cerca de ellos para pasar desapercibido–. Yo solo tenía doce años. Ahora tengo setenta y uno. Saquen ustedes la cuenta.

»Era una tarde tranquila, como cualquier otra. Mi familia y yo vivíamos en una cabaña cerca del bosque. Mi hermano mayor estaba en el patio jugando a la pelota con sus amigos. Uno de ellos la pateó muy fuerte y la pelota salió volando en dirección al bosque. Ellos fueron a buscarla, no tenían nada que temer. Ya habían entrado al bosque antes. En realidad mucha gente había entrado al bosque. Solo que nadie se adentraba mucho por miedo a perderse. Nadie sabía dónde terminaba el bosque ni que había ahí. Yo nunca entraba, le tenía pavor a los insectos. Y aun les tengo –risas–. Los vi adentrarse al bosque pero nunca los vi regresar –una pausa.

»Al principio nadie se preocupó mucho. Pero cuando ya había pasado una hora mi madre estaba muy preocupada. Salió corriendo a llamar a mi padre que se encontraba trabajando. Junto con los padres de los otros chicos empezaron una pequeña expedición en el bosque. Mi madre, la madre de uno de los amigos de mi hermano y yo nos quedamos en la entrada del bosque esperando. Habían pasado unos diez minutos cuando escuchamos el primer grito. Nos miramos aterrorizadas. Mi madre lloraba en silencio, temblando. Al igual que la otra señora.

»Segundos después, una de las madres salió corriendo del bosque. Traía en sus manos un zapato lleno de barro que debía de ser de su hijo. Lloraba desconsolada y no pudo hablar por mucho tiempo. Tuvo que sentarse porque se sentía mareada. Según ella, habían encontrado jirones de ropa manchados de sangre y ese zapato tirado en el suelo que, efectivamente, pertenecía a su hijo. Los demás siguieron buscando y ella regresó corriendo.

»Habían pasado horas y nadie salía del bosque. Yo había reventado a llorar y mi madre había ido corriendo a la iglesia a contarle todo al padre. Este reunió un grupo de hombres y todos entraron con antorchas en el bosque. El cielo empezaba a oscurecerse. Una de nuestras vecinas era bruja –pasaba todo el tiempo leyéndole las cartas a la gente pero todos sabíamos que también hacia otras cosas. Cosas malas. Así que mi madre me tenía prohibido acercarme a su casa. Todo el pueblo estaba en el patio de nuestra casa esperando el regreso del grupo. Ella se nos acercó y nos dijo que algo muy malo ocurriría. Tenía meses diciéndolo. Que algo malo había despertado en el bosque pero nadie le hacía caso. Todos pensaban que estaba loca o bajo el efecto de alguna de sus hierbas extrañas. Pero en ese momento mi madre le creyó. Y yo también lo hice. Había algo en sus ojos que me aseguraba que era verdad. Que había algo malvado en el bosque que mataría a mi hermano y a mi padre. Podía olerlo. Lo sentía observándonos –otra pausa. Esta vez más larga. Parecía estar buscando las palabras correctas.

»La noche se hizo larga. Muchos regresaron a sus casas. Los únicos que nos quedamos éramos familiares y amigos cercanos de los que entraron. Recuerdo que amaneció y decidieron hacer otro grupo, esta vez más pequeño. De solo cuatro personas. Mi madre se ofreció voluntaria. Yo me aferre a su cintura y ella termino cediendo. Se quedó conmigo.

»Cuatro hombres entraron. Minutos más tarde regresaron con un montón de jirones de ropa manchados de sangre y dos pares de zapatos. Todos gritaban. Pero al mismo tiempo estaban muy confundidos. Había jirones de ropa. Había zapatos. Había sangre. Pero ¿Dónde estaban los cuerpos? –llegados a este punto, el grupo de niños había disminuido. Muchos se habían asustado y se habían marchado a sus casas–. El cuarteto regresó convertido ahora en un sexteto. Todos iban armados. Pocos minutos después se escucharon tiros. Algunas mujeres entraron corriendo al bosque. En ese momento ya nada importaba. Necesitábamos saber que estaba pasando. Mi madre también entró. Y salió, gracias a Dios. Pero lo que trajo consigo, junto con las demás mujeres y los seis hombres que entraron primero, era lo más horrible que había visto en mi vida.

»Era el cuerpo del padre de unos de los amigos de Jack. Sin ojos, sin dedos y con la boca destrozada. Le habían abierto un hueco en el estómago, en toda la barriga extendiéndose hasta el pecho. Lo habían vaciado y habían echado dentro los ojos, dientes, lenguas y dedos de todos los demás.

Varios gritos se escucharon entre el grupo. Un par de niños salió corriendo mientras otros se abrazaban. Yo mismo sentí un escalofrió por todo el cuerpo. Jamás había escuchado semejante cosa.

»Mi madre nunca volvió a ser la misma. –continuó la señora–. Supongo que yo tampoco. Nos mudamos a las afueras del pueblo. Todos nos mudamos a las afueras, mejor dicho. No pasó mucho tiempo hasta que se habían vendido todas las casas. Durante ese tiempo mucha gente llegaba al pueblo. Del otro lado de las montañas siempre había derrumbes y eso le impedía a la gente bajar a los otros pueblos. Así que muchos se mudaban al nuestro que es el más bajo. Los años siguientes fueron tranquilos. Pero la tranquilidad no duro mucho. La gente se seguía perdiendo. Nadie salía vivo del bosque. Cuando por fin alguien lograba regresar, estaban locos. Enfermos. Decían cosas sin sentido. Nadie les entendía. Se volvían agresivos. El trauma había sido mucho. Así que eran enviados a clínicas psiquiátricas en la ciudad. Desde entonces la gente se empezó a alejar del bosque hasta que el pueblo entero cambio de posición. Tal cual como está hoy en día. El bosque se puede ver desde las afueras del pueblo, por allá bajando esa calle y cruzando en la iglesia. La carretera termina y sigue un camino de tierra. Antes esa era la calle principal. Ahora solo es un sendero que lleva a la muerte a todos aquellos que se atreven a adentrarse al bosque. La última vez que ocurrió fue hace unos ocho años. Aun había muchas casas cerca del bosque. Sobre todo del lado de las colinas. Gente que se había mudado de otros lugares y no creían en las historias locales. Dos niños desaparecieron, lo único que encontraron fue un cometa que les pertenecía. Luego de eso la poca gente que aún vivía ahí abandono el lugar. Ni siquiera se mudaron más adelante, como lo hicimos nosotros. Simplemente se fueron.

–¡Wow, eso es increíble! –dijo uno de los niños–. Parece una película señora Loren.

–Cállate, no seas grosero –dijo la chica que aparentaba 14 años dándole una palmada en la cabeza–. ¿No ves que es una tragedia?

–No te preocupes. Ha pasado mucho tiempo. El dolor ya no es el mismo. Al contrario. La historia ha ayudado a salvar muchas vidas. Es por eso que sigo contándola. Y espero que ustedes hagan lo mismo cuando yo ya no este.

–Señora Loren, creo que puedo recordar algo de lo que contó al final. No mucho pero cuando recién me mude aquí se hablaba mucho sobre esos dos niños perdidos.

–No había pasado ni un mes de la desaparición de los niños cuando tú llegaste al pueblo. Pero la gente trataba de no hablar nada al respecto. Sin embargo yo sigo creyendo que las historias deben seguir vivas, para alertar a los jóvenes. Sobre todo a ustedes, mis niños. Por eso muchos ayudaban a regar la voz. Se podría decir que las opiniones sobre si advertir a la gente o simplemente ignorar lo que pasaba estaban muy divididas.

–Señora Blanca. ¿Usted estuvo presente ese día? –pregunto un niño a la otra señora.

–No cielo, yo me mude aquí unos años después. Loren ya pasaba de los treinta.

Se escuchó el sonido de las campanas de la iglesia.

–Vaya, ya debo regresar. Gracias por la historia señora Loren. Y disculpe a los niños.

–No te preocupes, pero recuerden mantenerse alejados de ese lugar.

–Vaya, a los niños les encantan las historias como esa –dijo la señora Blanca, levantándose.

–Claro que les gustan, les encantan. Los niños de hoy en día no son como nosotros fuimos.

Me encontraba impactado por la historia. No podía creerlo. Era perfecto para mi libro. Sentí la necesidad de hablar con esa señora y sacarle toda la información, pero decidí ir poco a poco y primero que todo le llego pidiendo una dirección.

–Disculpen, ¿podrían ayudarme? –digo

–Por supuesto, ¿que se le ofrece?

–Busco a alguien que pueda llevarme a recorrer los alrededores. ¿Conocen a alguien que pueda ayudarme?

–Claro que sí señor…

–Robert

–… es un placer señor Robert. ¿Es un recién llegado?

–Llegue hace una semana más o menos.

–¿Le alquiló una cabaña a Olivia?

–A la señora Olivia, sí.

–Bueno. Yo puedo decirle donde conseguir un guía que lo lleve a recorrer los alrededores. Pero no se lo recomiendo. Sobre todo si piensa alejarse del pueblo y adentrarse en la maleza.

–Pues la verdad esa era mi idea pero… –decido declararme culpable–. Estuve escuchando su conversación y yo me preguntaba si…

–Sí estuvo escuchando, creo que ya debe tener en claro a lo que se está exponiendo señor Robert.

–Lo sé, pero escuche, soy escritor. Vine en busca de inspiración, de historias, y la historia que usted acaba de contar ha sido simplemente fantástica. Necesito ir a ese bosque, saber que ocurre. Quiero escribir sobre ello.

–Lo único que debería estar escribiendo si planea ir a ese maldito bosque es su testamento. Lo que dije no fue una broma. Y usted no tiene la menor idea de las cosas horribles que han pasado ahí dentro. Cosas que no le conté a los niños.

–Querida, pero si les contaste una de las más horribles –dijo la señora Blanca colocándole una mano en el hombro–. No solo horrible, una muy personal. Yo creo que deberías calmarte, no es bueno para tu salud que te exaltes así. Mejor invitemos al señor Robert a tomar un café y hablamos con él, ¿le gustaría, señor Robert?

–Encantado. Y de antemano pido disculpas por mi atrevimiento.

–No se preocupe, ella tiene razón. Además usted no hizo nada malo, fui yo la que se salió de sus casillas. Acompáñenos, vivimos en la calle vecina a donde usted se está quedando.

Cruzamos la calle de la plaza, subiendo por la esquina derecha se llegaba a las cabañas, así que nos fuimos a la derecha. Cinco casas más adelante del cruce nos detuvimos. Era una casa de dos plantas, pequeña pero con mucho terreno. En la de arriba había un enorme balcón lleno de plantas. La más grande de ellas, una enredadera, cubría gran parte del techo de madera y de las pérgolas que lo rodeaban.

En el terreo cubierto de grama había un juego de sillas y mesa bajo la sombra de un gran árbol de mango. Y dos perros correteaban de un lado a otro.

–Bienvenido a mi casa –dijo la Sra. Loren –. Blanca es mi vecina, su casa es la de la derecha. Pase, pase. Los perros no muerden. Lo único que hacen es perseguirse todo el día. Ni siquiera notaran su presencia. Si quiere puede ir sentándose. Yo entrare a hacer un poco de café.

–Muchas gracias, tiene usted una casa preciosa. Y usted también señora Blanca.

–Gracias –dijo Blanca entre risas–. Y tú Loren, mejor te sientas y yo entro a hacer el café.

Nos sentamos bajo la sombra. Se estaba muy bien ahí. Ella me mira fijamente a los ojos, esperando que yo diga algo y finalmente ella habla primero.

–Entonces, es escritor.

–Sí, podría decirse.

–¿Lo es o no lo es?

–Lo intento.

–Entiendo –una larga pausa, tal vez incluso de un minuto completo–. Bueno, pregunte lo que quiera, seré totalmente sincera con usted.

–Lo que contó en la plaza… ¿es verdad?

Otra larga pausa. Esta vez pareció durar horas.

–Lo es, Robert. Lo es.

–¿Y qué cree usted que es lo que pasa en el bosque?

–No lo sé. Pero no es algo normal. Es decir. No es un animal. No es algo humano. Hay algo viviendo en el bosque que mata a todo aquel que entra. Pero no sé por qué.

–¿Cree que sea para alimentarse?

–No, no es por eso. Si así fuera nunca hubieran encontrado los cuerpos en ese estado. El hombre que sacaron ese día del bosque había sido usado como recipiente. Los dedos, ojos, lenguas y dientes de todos los demás estaban en el agujero que había sido antes su estómago. Eso no es algo normal, es algo enfermizo. Eso te lleva a creer que hay alguien detrás de todo esto, un humano. Pero los que han sobrevivido no han dicho nada que concuerde con esa teoría.

–Usted dijo que las cosas que decían no tenían sentido, ¿pero qué fue lo que dijeron?

–Algunos simplemente no dicen nada. No hablan. Es como si estuvieran en otro mundo. Otros dicen incoherencias, como que vieron una serpiente gigante o que un árbol intentó comérselos. Pero lo más raro es que en estos casos casi nunca dicen algo que se parezca a lo que los otros vieron. Casi siempre es algo diferente. Por otra parte hay alguien que logró salir y se encuentra en un estado mucho mejor. Incluso podría ser una persona normal si no sufriera de ataques de histeria.

–¿Y ésta persona no contó nada?

–No, se rehúsa a contar algo. Dice que jamás hablará de las cosas que vio en el bosque. Estuvo perdido durante cuatro días. Y salió arrastrándose entre la maleza. Todo el cuerpo lleno de rasguños. Fue atendido en el hospital del pueblo pero no era mucho lo que podían hacer. No contaban con los medicamentos necesarios. Así que fue llevado a la ciudad. Ahí lo atendieron y se mejoró rápidamente. Pero luego vinieron los ataques de histeria y terminó en una clínica psiquiátrica. Nunca ha contado nada sobre lo que vivió en el bosque y dice que nunca lo hará. Si le insistes estalla y empieza a tirar cosas y a golpear las paredes con tanta fuerza que incluso llegó a romperse los dedos una vez.

–Eso es una locura. No puedo creer que no quiera ayudar.

–Es un caso perdido. Eso pasó hace más de diez años y el sigue igual. Hace mucho que se perdieron las esperanzas de que nos cuente algo.

–Y qué me dice sobre la bruja. La que la advirtió de que algo malo pasaría.

–Hasta el día de hoy sigo creyendo en lo que dijo. Algo malo despertó en el bosque. Algo que estuvo dormido durante mucho tiempo. Y desde que despertó nadie pudo acercarse al bosque. Incluso los animales han desaparecido.

En ese momento, la señora Blanca salió de la casa con una bandeja. La puso sobre la mesa y se sentó junto a nosotros. Tres tazas de café, una cafetera y unas galletas.

–Yo soy de las que piensa que esto es obra de una secta satánica –dijo Blanca sentándose– Es obvio que ésto es obra de humanos. A veces hasta pienso que las mismas personas del pueblo son culpables. No todas, por supuesto. Pero si un grupo que se ha mezclado entre nosotros y ha logrado mantenerse oculto.

–Si ese fuera el caso, ya nos habríamos dado cuenta. Además hay que tomar en cuenta que solo le ocurrió a aquellos que entraron en el bosque. ¿Sugieres entonces, que esta secta espera pacientemente a que un idiota decida entrar? –espetó Loren.

–No lo sé, pero si no son personas los que están detrás de esto, ¿cuál es la causa?

–Si lo supiera, no estaríamos teniendo esta conversación.

–Señora Loren, cree usted…

–Dígame Loren, por favor.

–De acuerdo, Loren. ¿Cree usted que sea prudente de mi parte empezar una investigación sobre esto?

–Por supuesto que no, pero algo me dice que usted no se detendrá aunque se lo pida –Una pausa–. Hagamos lo siguiente. Tómese un par de días para sacar sus deducciones en base a lo que ya sabe y luego venga a verme. Tal vez pueda ayudarlo sin que usted ponga en peligro su vida.

20 mar 2013

Info: En las Fauces de la Locura

Author: José Carlos B. R. | Filed under: Sin categoría

Hola a todos, la presenta es para informarles que estaré subiendo el primer capítulo de En las Fauces de la Locura este viernes. Me disculpo por no haberlo subido antes pero he estado muy ocupado con la universidad. Por otra parte me alegra mucho de que el prologo que subí hace casi 2 semanas haya tenido tan buena recepción. Esto no habría sido posible sin ustedes, gracias por pasarse por mi blog y leer las locuras que escribo XD Saludos, y se les quiere! :D

9 mar 2013

En las Fauces de la Locura: Prologo

Author: José Carlos B. R. | Filed under: En las Fauces de la Locura

¡Hola! Les dejo el Prologo de mi siguiente historia. Aun la estoy escribiendo pero iré publicando capítulo a capítulo. Espero que les guste, y de ser así, háganme saber dándole su puntuación al post :D  Dependiendo el movimiento que vea, variara el tiempo que tarde en publicar cada capítulo.

 

¡Saludos! :D

 

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Prologo

–No hay nada como ver el cielo nocturno despejado y lleno de estrellas, ¿no lo crees Mary? –Dijo Oliver acostándose sobre la grama.

–Es hermoso.

–Sí que lo es.

–Jamás me cansare de decirlo.

–Ni yo –dijo Oliver–. Podría pasar la vida entera mirando las estrellas.

–Lo que más deseo ver es una estrella fugaz –llegado este punto Mary también se acostó sobre la grama–. Por más que venimos casi todas las noches, nunca hemos visto una.

–Sí, es un poco decepcionante, pero ya llegará el momento.

Oliver y Mary, ambos estudiantes de séptimo grado, iban casi todas las tardes a la colina que quedaba detrás de sus casas a ver el atardecer y luego contemplar el cielo estrellado. Sus conversaciones solían ser monótonas pero era lo que les divertía. Mary vivía a solo cuatro casas de Oliver así que luego de terminar sus tareas su madre le preparaba una merienda y se iba con Oliver al parque a jugar con sus amigos. Después, cuando se acercaba el ocaso, ambos regresaban a casa de Oliver para ver al sol meterse y observar los primeros luceros de la noche apareciendo mágicamente.

La colina era un lugar tranquilo a pesar de estar cerca del bosque. Al principio a sus padres no les agradaba mucho la idea de que jugaran ahí. Pero era tanta la insistencia de los niños que terminaron cediendo.

Los primeros días, la madre de Oliver siempre se sentaba en el patio de su casa a vigilarlos. Pensaba que no importaba que jugaran en la colina, pero si los veía dirigirse al bosque los regañaría y no los dejaría regresar. Eran muchas las historias que se contaban sobre el bosque. La mayoría de ellas eran descabelladas, sí, pero la madre de Oliver era de las que pensaba que cuando el río suena, piedras trae. Así que prefería mantenerse alejada y mantener alejados a los niños de ese lugar.

–Ya se está haciendo tarde –dijo Mary–. Si no me voy de seguro mi madre vendrá a buscarme y prefiero irme por mi cuenta. Nos vemos mañana en la escuela, recuerda llevar la tarea de Historia.

Mary se levantó y empezó a bajar la colina apresuradamente.

–¡Hey, Espera! –Gritó Oliver levantándose–. Mañana es sábado, ¿cómo se supone que llevaré la tarea de Historia?

–¡Cierto! Lo olvidé –Mary parecía a punto de sufrir un ataque de risa–. Entones puedo quedarme otro rato.

–Casi me da un Infarto del susto, por un segundo estuve seguro de que mañana recibiría un enorme 0 por no haber terminado la tarea de historia, pero rápidamente recordé que mañana sábado, tengo consulta con el odontólogo.

–Qué triste.

–Sí. Detesto ir –Dijo Oliver arrancando un montón de grama y lanzándosela a Mary en la cara. Luego salió corriendo.

–¡Ya verás lo que te pasará! –grito Mary riendo a carcajadas corriendo detrás de él.

Corrieron tanto que cuando llegaron a sus casas se quedaron dormidos en el instante en que sus cabezas rosaron las almohadas.

Al día siguiente, ambos se levantaron muy temprano y se fueron a pasar el rato en la colina. Oliver llevaría su cometa y Mary estaba ansiosa de verla surcar los cielos.

Pasaron casi todo el día en la colina. A mediodía bajaron a casa de Oliver a comer y a las dos de la tarde ya estaban de regreso.

–Hoy no ha soplado mucho, así no podré hacerla volar tan alto como quiero –dijo Oliver cabizbajo.

–No importa, no me canso de verla –dijo Mary–. Me gustaría poder volar igual que la cometa.

–Podríamos hacer paracaidismo algún día.

–Eso sería estupendo, pero dudo que mi madre me deje.

–Cuando seamos adultos no tendremos que pedir permiso, no seas tonta.

Mary estaba por responderle cuando una fuerte ráfaga de viento los azoto. Oliver soltó el cordón del cometa y éste salió volando, adentrándose en el bosque que quedaba más allá de la colina, un lugar al que Oliver y Mary tenían prohibida la entrada. Sus padres nunca les habían dicho por qué no podían ir al bosque pero les dejaron en claro que si se acercaban al bosque no volverían a jugar fuera nunca.

–¡Oliver! ¡El cometa! –grito Mary levantándose y corriendo detrás del cometa.

–¡Espera! ¡No podemos entrar en el bosque, nos podríamos perder!

Pero ya Mary estaba adentrándose en el, persiguiendo la cometa. Oliver corrió tras ella.

–¡Detente! ¡Vamos a perdernos! –gritaba Oliver.

–¡No seas miedoso! Desde aquí aún se ve la colina –Mary se detuvo de repente.

–Estás loca, es muy peligroso venir aquí. Nos lo prohibieron –dijo Oliver.

–Regresemos, ya perdí de vista la cometa, no tiene sentido seguir adentrándonos al bosque.

–¡Hasta que te escucho decir algo razonable!

Regresaron a la colina y se sentaron fatigados. Pasados unos minutos se fueron a casa de Oliver. Éste subió directo a su cuarto y Mary lo siguió.

–¿Qué haces? –preguntó Mary.

–Busco dinero para comprar otra cometa, tengo algo ahorrado.

–No tienes que comprar otra, podemos regresar a buscar tu cometa.

–Claro que no, no regresare al bosque.

–Escucha, si conseguimos unos binoculares podemos buscar tu cometa desde la colina, debe haberse quedado enganchada en algún árbol, y tenemos suerte de que sea roja, será fácil localizarla.

–Te dije que no regresare al bosque, no sigas.

–Oliver, vayamos ahora mismo a la colina, la buscamos con los binoculares y listo, después que la veas te aseguro que no te aguantaras e irás a por ella. Además podemos dejar algún rastro para no perdernos como pintar los árboles o algo así.

–Claro, tal vez tengas razón pero se te olvida que si nos ven entrando al bosque no nos dejaran salir a jugar de nuevo.

–Vamos, acabamos de entrar y nadie nos vio. Nuestros padres están convencidos de que jamás nos acercaremos al bosque. Nunca sabrán que entramos.

–Lo que sea, vayamos a buscarla desde la colina y si la vemos decidiré si hacerte caso o no.

Y así fue, regresaron a la colina. Y no tardaron mucho en encontrar la cometa. Estaba enganchada a un árbol a unos 120 metros desde donde empezaba el bosque.

–Está muy lejos –dijo Oliver sentándose en la grama–. Jamás llegaremos a ella sin perdernos.

–Claro que llegaremos, son las cuatro y media, todavía hay bastante sol. Vayamos a buscarla, no está tan lejos.

–No iremos, no quiero perderme en el bosque de noche, estás loca.

–Vayamos ahora que podemos, si seguimos esperando se hará muy tarde y si vamos mañana tal vez no la encontraremos. El viento puede arrastrarla a otro lugar.

Mary se levantó y tomo la mano de Oliver. Este no se levantó de inmediato pero termino cediendo.

–Bien, pero vayamos rápido –dijo Oliver empezando a correr.

Se adentraron en el bosque en dirección a la cometa, si corrían en línea recta no podrían perderse, o eso es lo que ellos pensaban. Pero olvidaron marcar los arboles como habían dicho, y pasaban de las cinco cuando finalmente encontraron el árbol.

–Te lo dije, ¡La encontramos! –dijo Mary.

–Sí, genial, ahora el problema es bajarla.

–Eso no es problema, sube al árbol y tráela.

–Está muy alto, podría caerme.

–Vamos, no está tan alto, apresúrate o se hará de noche.

Al escuchar la palabra noche, Oliver subió rápidamente a buscar su cometa. No quería que se hiciera tarde estando ellos ahí.

–Vamos apresúrate –dijo Mary entre risas.

En ese momento, la rama se rompió y Oliver cayó al suelo con un estrépito.  Mary empezó a gritar pero a Oliver no le había ocurrido nada, este se levantó como si nada hubiera pasado.

–Este árbol está podrido. No podre trepar. –dijo Oliver.

–El cielo se empieza a poner naranja –dijo Mary.

–Sí. Mejor nos vamos de una vez.

–Lo siento mucho Oliver –dijo Mary sujetándolo por el brazo.

–Lo que sea. Podremos comprar otro más bonito que ese.

Empezaron a caminar por el mismo sendero por el que entraron cuando escucharon un ruido entre los espesos arbustos. Sin siquiera decir nada echaron a correr.

No mucho más adelante Mary tropezó con una pequeña roca y cayó de cara al suelo raspándose la barbilla. Oliver la ayudó a levantarse y siguieron corriendo. El ruido se intensifico y en su desespero por salir del bosque cruzaron donde no debían y empezaron a adentrarse más y más, alejándose de la colina. El cielo se oscurecía sobre ellos y los arboles formaban densas y monstruosas garras que amenazaban con despellejarlos. Las primeras estrellas estaban saliendo y el camino se hacía más inestable a medida que avanzaban.

El ruido a sus espaldas se acercaba más y más. Rompiendo todo a su paso. Poco a poco ese ruido empezó a tomar forma. Las garras aparecieron primero, luego los brillantes ojos amarillos seguidos de unos dientes feroces.

Oliver y Mary corrían por sus vidas, pero la suerte no estaba de su lado. El camino terminaba en un acantilado. Los niños, que jamás regresarían a sus hogares, no tuvieron tiempo de detenerse. Iban muy rápido y solo pensaban en alejarse de la bestia que los perseguía. Cayeron hacia las profundidades del acantilado y segundos más tarde sus cuerpos golpearon el fondo rocoso regando de sangre las pocas hierbas que crecían entre las rocas.

7 mar 2013

Relato: UN CICLO SIN FIN

Author: José Carlos B. R. | Filed under: Relatos

Las pesadillas siempre están presentes, sobretodo en la infancia cuando el miedo es el peor enemigo de un niño. Pero para Bill –que había cumplido los 11 el mes pasado– las pesadillas estaban tomando un nuevo rumbo. A pesar del miedo que le producían, era muy maduro al respecto. Se convencía a sí mismo de que nada de lo que soñaba era real y siempre se dormía con rapidez. Al despertar de una pesadilla, a media noche, nunca gritaba. Tomaba conciencia muy rápido de que solo había sido un sueño y se quedaba dormido nuevamente.

Pero durante las últimas semanas estaba ocurriendo algo muy extraño. La frecuencia con que tenía pesadillas estaba disminuyendo, pero tenía la sensación de que algo lo perseguía.

Cuando era más pequeño, eran muy frecuentes los sueños en los que  deambulaba por un parque, hospital o en un edificio cualquiera. Todo estaba solo y simplemente caminaba, recorría todos los pasillos. Pero lo que lo perturbaba era la sensación de que alguien lo seguía. Y ahora que las pesadillas estaban disminuyendo, estaba empezando a sentir esa presencia. Siguiéndolo.

El primer jueves de marzo, Bill se despertó, cepilló sus dientes, bajó al comedor a saludar a sus padres y a desayunar. Luego guardó su merienda y salió al porche de la casa a esperar el transporte.Muy independiente dirán ustedes, pero fue criado de esa forma. De ahí probablemente venga su madurez.

Esa mañana, se subió al autobús escolar y ocupó un asiento doble que se encontraba vacío.Ninguno de sus compañeros se sentó con él. Todos subían, pasaban a su lado y lo saludaban pero nadie se sentaba y Bill tenía la impresión de que alguien  –o algo– estaba ocupando el puesto a su lado. Produciendo una sensación en sus compañeros que los obligaba a alejarse.

Bill estaba a punto de levantarse para sentarse en el puesto de atrás cuando el autobús cruzo a la izquierda y ahí se encontraba su escuela. El calvario había terminado.

Al levantarse tuvo que esperar unos segundos junto a su asiento mientras todos bajaban y no pudo evitar fijarse en como el cuero del asiento a su lado se infló levemente, como si alguien hubiera estado sentado ahí.

Bajó corriendo del autobús tropezando con varios de sus compañeros y entró a la escuela. Corrió al baño de varones, entró y se encerró en un cubículo. Se repetía a sí mismo una y otra vez que nada de lo que había visto era real, que solo había sido su imaginación. Pasados unos minutos salió y se fue a su salón. La clase ya había empezado pero nadie le prestó atención cuando entró y la maestra no le dijo nada por llegar tarde.

Ese día se le hizo eterno. Tenía clases hasta las 4 de la tarde.

Cuando por fin sonó la campana que indicaba la salida, salió corriendo a los baños. Se miró al espejo por varios minutos preguntándose qué era lo que le estaba pasando. Si en verdad algo lo seguía, ¿por qué no podía verlo? Cuando salió de la escuela el autobús se había ido. Tendría que esperar a que éste repartiera a todos los niños y regresara por el segundo viaje. Llegaría muy tarde a casa y sus padres se pondrían furiosos.

Se dirigió a la carretera para atravesar al otro lado y sintió de nuevo esa presencia. Sintió que alguien estaba detrás de él y que lo observaba. Volteó y vio a una niña. Ésta lo saludó. Bill no pudo evitar devolverle el saludo pero no sabía porqué lo había hecho. La niña se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el terreno que estaba detrás de la escuela.

El primer impulso que Bill sintió fue el de seguirla y así lo hizo. No sabía porqué lo hacía pero lo que si sabía es que no debía hacerlo. Pero no podía evitarlo.

Cruzó el terreno siguiendo a la niña. Nadie se percató de que Bill se estaba alejando en la dirección equivocada. Era como si se hubiese hecho invisible a los ojos de todos.

El paso a ese terreno estaba prohibido y a la hora de entrar y salir de clases siempre había profesores haciendo guardia en las dos entradas al terreno para que ningún niño pasara. En el terreno se encontraban los tanques de la escuela y un edificio pequeño de una planta que utilizaban de depósito. Pero esa no era la razón por la cual el paso estaba prohibido. Más allá de los tanques, el terreno se extendía más de 2 kilómetros y lo único que se encontraba al final de este era una antigua carretera que todavía era usada por los camiones madereros de la zona. Es bastante lógico por qué nadie podía pasar, en especial los niños. Pero la madurez que Bill había desarrollado durante sus 11 años de vida no le sirvió de nada en ese momento.

Caminó y caminó sin formular palabra alguna. El cielo se empezaba a oscurecer y la niña seguía caminando. Volteando de vez en cuando para verlo a los ojos y sonreírle. Bill estaba hipnotizado por el encanto de la niña.

Las primeras estrellas empezaban a brillar y el sonido de los grillos se hacía más fuerte. Las luces de las luciérnagas se hacían notar a lo lejos en el desolado y ancho terreno. La luna se alzaba imponente a medida que la noche abrasaba las últimas horas de ese primer jueves de marzo.

De repente Bill tropezó con algo y calló de frente al suelo, raspándose la barbilla y las manos. Al levantarse se dio cuenta que se había enredado en la cadena de una bicicleta. Miro a su alrededor con desespero buscando a la niña. Ahí estaba, a unos 30 metros delante de él. Observándolo, esperando a que siguiera caminando. Entonces, Bill no pudo evitar notar las cosas que se encontraban a su alrededor. Una pelota de fútbol  otra de goma roja, un cometa roto enredado en el monte creciente, un carro de juguete, muñecas rotas y lo que más le impresiono, un oso panda de peluche.

Lo recordaba, lo había visto en el periódico. Una niña había sido secuestrada y habían encontrado su cuerpo inerte abandonado entre la basura de su casa junto con su peluche favorito. El panda que tenía frente a sus ojos.

También recordaba que la familia de la niña nunca había sido llamada para pedir un rescate. El cuerpo simplemente apareció semanas después en la basura de su casa. Se encontraba en un estado de descomposición tal que no se pudo investigar a fondo la causa de muerte. El cuerpo solo pudo ser identificado por la ropa que llevaba y el peluche que lo acompañaba.

Un suceso horrible que había dejado petrificados a todos. Y casos parecidos se habían repetido. En todos los casos habían sido niños. A raíz de eso la seguridad en la zona había sido mejorada pero ese día Bill era invisible.

Algo le decía que debía volver. Pero no solo estaba recorriendo el terreno sino que estaba entrando en otro lugar. Un lugar que no existía. Pensó que no debía seguir caminando detrás de la niña pero al mismo tiempo algo lo impulsaba a hacerlo. No podía evitarlo. Tenía que seguirla. Deseaba seguirla. Saber a dónde iba. Preguntarle cómo se llamaba y porque todas esas cosas estaban ahí tiradas.

Llegados a cierto punto la niña se detuvo. Todo se llenó de una densa niebla. Bill sentía como se le erizaban los vellos de todo el cuerpo. La niña se volteó. Sus ojos habían perdido todo color y su piel se había puesto grisácea.

-Hemos llegado –dijo la niña.

-¿A dónde? –pregunto Bill, dudoso.

-Espero volver a verte pronto.

Silencio. Bill no sabía que decir.

-Recuerda, no debes tener piedad. Nadie la tuvo contigo –dijo la niña sonriéndo. Su boca ahora parecía la de un león furioso. Llena de dientes filosos y sangre.

La niña desapareció y junto con ella la niebla y todo lo que los rodeaba.

Bill no tuvo tiempo de pensar. Lo primero que vio fue la carretera bajo sus pies y luego las brillantes luces de un camión maderero que venía a toda velocidad.

 

 

***

 

El cuerpo de Bill fue encontrado esa misma noche. Nunca se supo quién lo había atropellado. Dos días más tarde la historia completa fue publicada en el periódico. Una niña, estudiante de la misma escuela a la que Bill asistía y no mucho mayor que el, leía el artículo escondida debajo del escritorio de su padre. Recordaba haber visto a Bill un par de veces en la escuela y en el autobús pero nunca cruzo palabras con él.

Dejó el periódico sobre el escritorio de su padre tal cual como lo encontró y subió a su habitación. Se desvistió y entro al baño a darse una ducha. Antes de cerrar la puerta sintió que algo se movía en su habitación. Se tapó con una toalla y salió del baño. No había nadie. Abrió la puerta del cuarto y se asomó en el pasillo.

-Mama, ¿estás ahí?

-¿Qué quieres cariño? Estoy en la cocina.

-No es nada –dijo cerrando la puerta.

Regresó al baño. Esta vez cerró con llave ambas puertas. Abrió la ducha y se colocó bajo el agua tibia.

Pasó un par de minutos ahí parada bajo el agua sin hacer nada en absoluto. Las puertas plásticas de la ducha se habían empañado. Abrió los ojos y busco a tientas el jabón. Al voltearse vio una huella de mano marcada en el vapor. Como acto reflejo cerro la llave y abrió la puerta en busca de una toalla. Vio que la puerta del baño estaba cerrada con llave. Justo como la dejó. Y se sintió más tranquila. Se quitó la toalla y se dirigió de nuevo a la ducha.

Encontró una frase escrita en el plástico empañado. Las piernas le fallaron y cayó al suelo, gritando. Las palabras eran; Eres la próxima. Y no tendré piedad. Porque nadie tuvo piedad conmigo. 

7 mar 2013

¡Hola a todos!

Author: José Carlos B. R. | Filed under: Sin categoría

Les doy la bienvenida a mi Blog. Me presento con este primer post; mi nombre es José Carlos, soy de Venezuela y a través de este medio publicare mis relatos y novelas. Espero que sean de su agrado y ya mas adelante que estas sean publicadas en la pagina de megustaescribir.

 

Dentro de pocos minutos estaré publicando el primer relato. Saludos!